Encomienda

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Se llamaba encomienda (lat. commenda) a un tipo de beneficio eclesiástico que se concedía a quien teóricamente no le correspondía: así un obispo que recibe la «encomienda» de una abadía o un canónigo catedralicio que recibe en encomienda el gobierno de un convento o monasterio, sin dejar el beneficio que le corresponde por su oficio primero.

Historia

Ya en tiempos de san Gregorio Magno se daba el caso de la entrega a un obispo del gobierno de otra diócesis o de una abadía durante un período corto debido a circunstancias especiales. También se podía dar el caso de encomendar una abadía al obispo de la diócesis tras la muerte del abad, y mientras se proveía al nuevo, si la elección tardaba en realizarse o se atrasaba por cualquier motivo. E incluso sucedía al revés: es decir, que una diócesis fuera confiada temporalmente a un abad de la zona, mientras se proveía de obispo.

En tiempos del reino franco, se dio a menudo el caso de príncipes que asumían beneficios eclesiásticos en zonas donde todavía estaba arraigando el cristianismo, con la condición de apoyar la evangelización. En ocasiones los monasterios y divisiones administrativas eclesiásticas de esas zonas eran concedidas por estos príncipes a personas de su entorno aun cuando no fueran eclesiásticos. A este tipo de encomienda se la conoce como espuria.

Era un punto común en los diversos movimientos de reforma de la Iglesia el combatir las encomiendas. De hecho, abadías como Cluny se hicieron dar por el papa la exclusión de que esta fuera entregada en encomienda, para evitar esta clase de abuso. Sin embargo, incluso pontífices comprometidos con la reforma de la Iglesia como Gregorio VII o Pascual II cedieron abadías y diócesis en encomienda, aunque muy pocas veces.

El abuso llegó a tal punto durante el período de papado aviñonense, que Clemente V revocó todas las concesiones de encomiendas para iglesias patriarcales, arzobispados, obispados y monasterios dadas por autoridades laicas. Aun cuando concilios como el de Constanza manifestaron su deseo de que esta institución fuera completamente abandonada, lo cierto es que se mantuvo debido a la presión de los reyes del tiempo.

En el Concilio de Trento también se lamentaron los funestos frutos de esta institución especialmente en los monasterios, pero debido a la imposibilidad de encontrar otra solución, se solicitaba que los papas al menos nombraran a religiosos de la misma orden cuando era necesario dar un monasterio en encomienda.[1] Sin embargo, la encomienda continuó especialmente dejando en manos de cardenales diversos beneficios. Hay que esperar al siglo XX para que desaparezca completamente como práctica.

Notas

  1. Cf. Sesión XXV, can. 21.

Bibliografía

  • Guglielmo Felici, voz «Commenda» en Enciclopedia Cattolica, vol. IV, Città del Vaticano 1950, col. 50-53

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